LLEGADA A MADRID
Cuando la comitiva del Duque llegó a Madrid soplaban malos vientos para
la Corte. El favor que la regente dispensaba a su confesor, el jesuita
Nithard, suscitaba rechazo entre los partidarios de don Juan José de
Austria, por entonces declarado ya en franca rebeldía. Unos meses antes,
el Tratado de Lisboa había sancionado la definitiva independencia de
Portugal, y pocos meses después la Paz de Aquisgrán abandonaría en manos
de Luis XIV las plazas conquistadas por éste en Flandes.
La crónica de Magalotti guarda un diplomático silencio sobre tan delicadas cuestiones. Por el contrario, su descripción de las obras de arte que albergaban el palacio del Buen Retiro y el Alcázar es particularmente interesante e invita a reflexionar sobre la inmensa deuda que nuestro patrimonio pictórico tiene con ese incomparable mecenas que fue Felipe IV. Como tendremos ocasión de comprobar a menudo, la curiosidad intelectual del cronista no llega al punto de considerar que otras tendencias artísticas, más o menos divergentes del gusto italiano, fueran también dignas de aprecio. Así en las colecciones reales, se admira ante Tiziano, Veronés, Correggio, Tintoretto, Carracci, Rafael, etc., pero no hay ni una mención a Velázquez.
La recepción en Palacio fue muy ceremoniosa y cortés, si bien Magalotti silencia discretamente el amargo trago que debió ser para el joven duque, no recibir de labios de la reina el tratamiento de Alteza, pese a las gestiones que en tal sentido había venido realizando desde mucho antes el embajador de Toscana en Madrid, Dante di Castiglione. Y hay algo de conmovedor en la breve referencia al rey Carlos, entonces un niño de siete años, ignorante aún del melancólico lugar que la historia le reservaba, del que se dice: “También el rey quiso hablarle, preguntándole por su salud, y durante toda la conversación no le quitó nunca los ojos de encima, mirándole y volviéndole a mirar de pies a cabeza con maravillosa atención.”
Otro detalle de la crónica que me resulta personalmente atractivo es el referido a los servidores de la reina “entre los cuales – dice – estaba un graciosísimo enano llamado Nicolasillo, que tiene el honor de estar continuamente en las habitaciones de la reina y de ser uno de sus más particulares entretenimientos.” Este curioso personaje goza hoy de fama inmortal, pues no es otro que Nicolás Pertusato, incluido por Velázquez en el grupo de “Las Meninas”.
La crónica de Magalotti guarda un diplomático silencio sobre tan delicadas cuestiones. Por el contrario, su descripción de las obras de arte que albergaban el palacio del Buen Retiro y el Alcázar es particularmente interesante e invita a reflexionar sobre la inmensa deuda que nuestro patrimonio pictórico tiene con ese incomparable mecenas que fue Felipe IV. Como tendremos ocasión de comprobar a menudo, la curiosidad intelectual del cronista no llega al punto de considerar que otras tendencias artísticas, más o menos divergentes del gusto italiano, fueran también dignas de aprecio. Así en las colecciones reales, se admira ante Tiziano, Veronés, Correggio, Tintoretto, Carracci, Rafael, etc., pero no hay ni una mención a Velázquez.
La recepción en Palacio fue muy ceremoniosa y cortés, si bien Magalotti silencia discretamente el amargo trago que debió ser para el joven duque, no recibir de labios de la reina el tratamiento de Alteza, pese a las gestiones que en tal sentido había venido realizando desde mucho antes el embajador de Toscana en Madrid, Dante di Castiglione. Y hay algo de conmovedor en la breve referencia al rey Carlos, entonces un niño de siete años, ignorante aún del melancólico lugar que la historia le reservaba, del que se dice: “También el rey quiso hablarle, preguntándole por su salud, y durante toda la conversación no le quitó nunca los ojos de encima, mirándole y volviéndole a mirar de pies a cabeza con maravillosa atención.”
Otro detalle de la crónica que me resulta personalmente atractivo es el referido a los servidores de la reina “entre los cuales – dice – estaba un graciosísimo enano llamado Nicolasillo, que tiene el honor de estar continuamente en las habitaciones de la reina y de ser uno de sus más particulares entretenimientos.” Este curioso personaje goza hoy de fama inmortal, pues no es otro que Nicolás Pertusato, incluido por Velázquez en el grupo de “Las Meninas”.




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